martes, 14 de mayo de 2013

Monólogo de Hamlet (William Shakespeare)

Ser o no ser, esa es la cuestión. 
¿Qué es más noble para el alma sufrir 
los golpes y las flechas de la injusta fortuna 
o tomar las armas contra un mar de adversidades 
y oponiéndose a ella, encontrar el fin? Morir, dormir… 
nada más; y con un sueño poder decir que acabamos 
con el sufrimiento del corazón y los mil choques 
que por naturaleza son herencia de la carne… 
Es un final piadosamente deseable. Morir, dormir,  
dormir… quizá soñar. Ahí está la dificultad. 
Ya que en ese sueño de muerte, los sueños que pueden venir 
cuando nos hayamos despojado de la confusión de esta vida mortal, 
nos hace frenar el impulso. Ahí está el respeto 
que hace de tan larga vida una calamidad. 
Pues quien soportaría los latigazos y los insultos del tiempo, 
la injusticia del opresor, el desprecio del orgulloso, 
el dolor penetrante de un amor despreciado, la tardanza de la ley, 
la insolencia del poder, y los insultos 
que el mérito paciente recibe del indigno 
cuando él mismo podría desquitarse de ellos 
con un puñal. Quejarse y sudar bajo una vida cansada, 
por el temor a algo después de la muerte – 
El país sin descubrir de cuya frontera 
ningún viajero vuelve- aturde la voluntad 
y nos hace soportar los males que sentimos 
en vez de volar a otros que desconocemos. 
La conciencia nos hace cobardes a todos. 
Y así el nativo color de la resolución enferma por el hechizo pálido del pensamiento 
y empresas de gran importancia y peso 
con lo que a esto se refiere, sus corrientes se desbordan 
y pierden el nombre de acción.

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